*El Pueblo Mágico es un reducto de la cultura indígena que gira en torno al maíz, con su atole morado, sus tlacoyos y su mole de ladrillo; la belleza de esta comunidad radica en su austeridad y su discreción
Carolina Miranda
Ixtenco, Tlax.- Su sencillez es su belleza.
Apacible en su día a día y poderosa los fines de semana cuando muestra sus raíces que conserva casi intactas y que le valieron ser declarado Pueblo Mágico.
En las faldas del Volcán La Malinche, un reducto de la nación otomí llamado Ixtenco que se muestra orgulloso de su alimentación a base de maíz, de sus bordados de pepenado, de su atole agrio de maíz morado y de sus costumbres.
Pequeño, colorido, con la mayoría de sus reducidas calles repletas de viviendas pintadas en colores chillantes, con sabanas multicolores colgando en medio de las callejuelas.
Arribar a su corazón es hallarse con un parque que denota la inocencia y belleza de su pueblo, con un kiosko pulcro, vigilado por miles de réplicas de mazorcas multicolores que cuelgan por los aires.
El núcleo de la población indígena, vive bajo la mirada atenta de la parroquia de San Juan Bautista, construida en el siglo XVI con piedra de la localidad y con una peculiaridad: posee la torre y campana más grandes de los edificios eclesiásticos de todo Tlaxcala.
Cerca, la capilla de la Virgen de Guadalupe, que en conjunto con la parroquia de San Juan Bautista, son las dos iglesias más antiguas y forman parte de un legado prehispánico.
Los fines de semana, lo apacible del pueblo se convierte en una fiesta, cuando en el parque se congregan docenas de hombres y mujeres que ofertan el atole agrio elaborado a base de maíz morado, sus tradicionales tlacoyos triangulares rellenos de haba y hoja de aguacate y, sobre todo, su infinidad de variedades de maíz, su orgullo principal.
El llamado mole de ladrillo, hecho a base de chile guajillo, masa de maíz, semillas de cilantro, canela y carne de res, forma parte también de la degustación principal de este municipio del sureste de Tlaxcala.
El maíz, su orgullo, se ve reflejado en las fiestas de San Juan Bautista o Fiesta del Maíz que se celebra a finales de junio, donde el pueblo otomí se luce con sus tapetes hechos con granos de maíz y flores, con coloridos diseños que utilizan las diferentes variedades del maíz para crear las tonalidades.
Una comunidad que vive en tranquilidad, haciendo de lo discreto y austero su mayor fortaleza y su belleza.






